lunes, 26 de septiembre de 2016

El revolucionario método que está acabando con el bullying en Finlandia

Por Juan Carlos Saloz
Lo recuerdo a la perfección. Tendría unos ocho años. Cada dos semanas viajaba junto al resto de clase a la piscina municipal para aprender a nadar... Pero, cuando nos quitábamos la camiseta, David, que en aquella época era un niño regordete, tenía que aguantar que más de diez alumnos le rodearan, le señalaran con el dedo y le hicieran sentir culpable por algo en lo que ni siquiera se había fijado antes.
No recuerdo haber pronunciado esas palabras. Quizás lo hiciera y mi mente simplemente ha borrado el recuerdo para hacerme sentir mejor. Pero sí recuerdo haberme reído de aquella ocurrencia. Sí recuerdo no haberme querido juntar con alguien por ser el marginado de clase. Sí recuerdo ser espectador mientras a alguien le hacían la vida imposible. Por pura diversión cavernícola.

Con el inicio del curso escolar, muchos niños tienen miedo volver al lado de unos compañeros a los que no han escogido. Algunos, como David, temen el día que se tengan que quitar la camiseta y el resto le ridiculice por estar rechoncho. Otros, volverán con una sonrisa en la cara porque saben que podrá seguir retorciendo las orejas a su compañero de pupitre. Y la mayoría, como yo lo fui en su día, se sentarán a observar como si aquello fuera lo más normal del mundo.
En Finlandia, sin embargo, cada vez se tienen que preocupar menos por casos de este tipo. Gracias al método KiVa, el bullying ha pasado de ser uno de los principales problemas escolares a un conflicto anecdótico. Y, sobretodo, con una dinámica bien estructurada para resolverlo.
KiVa es el acrónimo de Kiusaamista Vastaan (contra el acoso escolar), algo que en finlandés también significa divertido o “guay”. Se trata de un programa de la Universidad de Turku que lleva en activo desde 2007. En la actualidad ya se aplica en el 90% de las escuelas finlandesas.
El método busca prevenir y afrontar el acoso escolar y el ciberbullying actuando en todas sus confines. La idea no es solo mediar entre acosador y acosado, sino hacer partícipes al resto de alumnos. Se busca que los compañeros no apoyen ni silencien el acoso, sino que, si ven una mínima muestra de bullying, rápidamente demuestren su apoyo a la víctima y avisen a los profesores.
Al estar dotado de una connotación “guay”, KiVa consigue, desde su propio nombre, acabar con la concepción de que el bullying es algo divertido o popular. A través de diferentes lecciones y trabajos en conjunto con los alumnos, se cambia la mentalidad de los niños y se les da herramientas para que no se queden bloqueados. Si presencian algo así, saben que deben actuar lo antes posible.
Pero, para lograr unos buenos resultados, no basta con quedarse dentro del aula.
Como si de un juicio se tratase, todos tienen un papel: encubridores, testigos, defensores… y la familia tiene uno de los más relevantes. Se intermedia entre el entorno familiar y los alumnos, dándoles herramientas a los padres para que la educación en sus hogares vaya en la misma línea del método KiVa. De este modo, incluso pueden llegar a encontrar el problema de fondo detrás de uno de estos casos.
“Se han realizado varias tesis doctorales analizando por qué este método está funcionando tan bien”, explica Johanna Alanen, coordinadora internacional del programa finlandés contra el bullying.
“Una de las tesis destacaba tres cuestiones. La primera era el cambio en la manera en la que los propios acosadores percibían su comportamiento, lo que conllevaba cambios en su actitud. En segundo lugar, cambiaba la percepción que tenían los alumnos del modo en el que los profesores reaccionaban al bullying, con una actitud crecientemente negativa. En tercer lugar, también cambiaba la percepción de los propios alumnos. Si alguien que consideras tu igual ve el bullying de manera negativa, en cierta medida deja de compensar convertirte en agresor”, especifica Alanen.
Los datos hablan por sí mismos. Los informes anuales que se realizan desde 2009 demuestran que el número de agresiones se ha reducido a la mitad. Y el número de víctimas en un tercio. “No hay nada de milagroso en KiVa, pero está claro que funciona”, esclarece Alanen.
Funciona tan bien que el método se ha comenzado a aplicar en otros países. Reino Unido, Francia, España, Bélgica, Italia, Holanda y Estados Unidos ya comienzan a implantar el programa KiVa en algunos colegios.
En la escuela finlandesa de Fuengirola se lleva aplicando este programa desde hace varios cursos, con resultados que saltan a la vista. “Lo más importante es que el profesor esté realmente alerta, notar si tus chicos están fuera del grupo y no tienen amigos, aprender a conocerles y facilitar grupos seguros, en los que todos se sientan a salvo”, relata la profesora Ann-Charlotte Ahl Quist.
Diez sesiones por curso que aúnan psicología, juegos y trabajo en equipo sirven para que la conciencia de los chicos crezca exponencialmente. Pero, como aclaran, “no basta solo con las sesiones que damos. Se debe aplicar en el resto de clases y en el trato diario con los alumnos”.

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